Si Hemingway, mirando el horizonte desde una playa del caribe, se imaginaba a un viejo pescador hermanado con un gran pez en una lucha fratricida por la vida... ¿Qué hubiera pensado al ir a Mercadona un sábado por la tarde? ¿Qué maravilloso paralelismo podría haber construido mirando los ojillos turbios del pescado congelado? ¿Qué metáfora habría ideado consultando la cuenta bancaria de un pensionista? Afortunadamente, nunca lo sabremos.
Otra cuestión es la de Oscar Wilde. ¿Sabemos qué ficción habría construido en la era de la fotografía digital? El majestuoso retrato del pecador redomado señor Dorian Gray carecería de sentido. ¿Para qué va a reflejar un retrato la evolución y deterioro moral de una persona, saltándose todas las leyes de la física y de la lógica? ¡Para ello tenemos las cámaras de 12 píxeles con una capacidad de almacenaje de miles y miles de fotos! Eso sí, la obra habría sido mucho menos impactante y la gran moraleja final se habría visto reducida a una mera anécdota. ¡Lo que nos habríamos perdido!