Me llevó al edificio más alto de la ciudad para ganar intimidad a base de distancia vertical. Allí compartimos secretos con las nubes y se apagaron el resto de las voces. Hablamos bajito, abrumados por ese silencio celeste. Todo se hizo pequeño. Vimos transitar los coches como granos de arroz en un tablero de mesa; desde arriba, los que caminaban por la urbe se volvieron cabezas de alfiler; y los demás edificios parecían vulnerables cajas de cartón llenas de agujeros ínfimos por donde asomaban más cabezas de alfiler.
Me miró con sus ojos enormes y, en el abrazo más grande que pudo existir, me abrió su corazón, enorme, simple, tierno. Justo en ese momento, supe que tenía que hablar:
Te aprecio muchísimo, pero ambos sabemos que esto nunca funcionaría: jamás podré ignorar que tienes cara de mono. Te ruego que me bajes de aquí cuanto antes, tengo cita en la peluquería a las cinco. ¿No creerías que soy rubia natural, verdad? Lo siento, KIng Kong. Espero que podamos ser amigos.
Verá, agente, cuando nos despedimos en la puerta de la peluquería, parecía haberlo entendido todo. No imaginaba que se lo tomaría tan mal como para arrasar media ciudad.
Es un salvaje, tienen que devolverlo a la selva de donde salió.

Ay por dios!! Jajajaja!!
En la vida hubiese pensando que un post que empieza de esa manera acabara como ha acabado, jajajaja!
(Creo que voy a estar riéndome todo el dia!).
Besets!