Estoy en el trabajo y me pica un bicho. Al principio me resisto a la tentación hormigueante de rascarme la picadura, pero al final termino frotándola arriba y abajo con las uñas, y cuanto más me rasco, más grande se hace y más me pica. Cuando ya no puedo soportar el escozor, abro el Word y comienzo a escribir con un tamaño de fuente de siete puntos, para que nadie pueda saber si escribo los Episodios Nacionales o un Informe de Ejecución, a menos que tenga visión ultrasónica. Que yo sepa por aquí todavía no anda ningún superhéroe, si tenemos en cuenta que el talento de hacer la pelota al jefe sin sufrir un acceso de arcadas es común a muchos mortales, así que me concentro y escribo tranquila. El bicho ha cumplido bien su misión, me ha inyectado la dosis exacta de veneno para que el relato baje sin cesar todos los peldaños de la página en blanco hasta llegar el suelo y salir corriendo, precipitándose al punto final. Para entonces el bicho aletea loco sobre mi cabeza, zumbando escandalosamente. Las últimas palabras del cuento me han hechizado en su carrera precipitada y no soy capaz de atisbar que mi jefe se acerca peligrosamente con una mano abierta, la vista sobre las alas y el pulso firme.

¡Zas! Ha matado al bicho. Ahora es imposible terminar el relato.