Ir a la oficina supone una lucha diaria contra el atasco. Tan pronto como consigo entrar en la autopista, a base de ruegos y súplicas lanzadas desde el carril de aceleración (convertido, durante un día más, en carril de estancamiento), me enfrento a la terrible visión del alquitrán serpenteante plagado de coches, plagado de personas, plagado de impaciencias y miradas compulsivas al reloj del salpicadero. Esto, que suele ser un hecho que asumo estoicamente antes de salir de casa, se convierte en una auténtica pesadilla durante una semana al año: el Rocío. A lo largo de siete días, la ciudad y sus autopistas aledañas quedan suspendidas por el paso de las carretas, los bueyes, el alcohol y las sevillanas. Una inmensa mayoría de trabajadores ven alterados sus horarios y rutas en pro de la diversión de unos pocos ociosos que reventarían cualquier medidor etílico a cualquier hora del día y de la noche. Cada año, hordas de peregrinos, muchos de ellos concebidos en el famoso “polvo del camino”, renuevan su devoción a la Virgen a golpe de copiosas comidas, palmas, guitarras y litros interminables de alcohol. Tan pronto cantan como lloran, se santiguan como se emborrachan, se arrodillan como bailan. Lejos quedan los tiempos en los que los primeros cristianos recibieron el primer mandamiento: "No tendrás dioses ajenos delante de mí" (Éxodo 20:3), y el segundo: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás, porque yo soy JEHOVÁ tu Dios fuerte, celoso" (Éxodo 20:4-5). De esta manera, se proscribía la creación, tenencia y adoración de imágenes. Posteriormente, la iglesia católico-romana obviaría por completo el segundo mandamiento, y, para acomodar numéricamente el decálogo, dividió el décimo mandamiento en dos.

Intentando paliar la condenación impuesta por la Biblia a la idolatría, la Iglesia católica arguyó la distinción semántica entre latría (adoración ofrecida exclusivamente a Dios) y dulía o hiperdulíua (veneración a los ángeles y a los santos o a la Virgen, respectivamente). No obstante, estos grados quedan totalmente desdibujados cuando vemos a los fieles, borrachos de fe, haciendo genuflexiones, persignándose, haciendo reverencias, encorvándose, arrodillándose, besando y abrazando a las imágenes, prendiéndoles velas, suplicando, adornándolas con flores, ofreciendo misas y penitencias, reservando fiestas de guardar en el calendario, colgándoselas sobre el pecho, sacándolas a hombros por las calles… y discutiendo por la belleza de unas tallas frente a otras, como si representaran divinidades diferentes, como si hubiera tantas Vírgenes como esculturas representativas, con la pasión binomial, simplista y desgarrada de un Sevilla-Betis.