Nada de anemia, ni rastro. Después de los análisis, el motivo por el cual he ido dejando seis kilos por el camino este verano sigue siendo un expediente X. Y además se le suma alguno más: la proteína c reactiva. ¡Si es que lo sabía! Últimamente me levantaba por las mañanas y, nada más asomarme al espejo, ahí estaba la sospecha, rondando como nubes de tormenta sobre mi cabeza: "yo tengo que tener la proteína c reactiva disparada, se me nota en el aura"...

¿Pero qué proteína es esa? ¿Y por qué el médico de cabecera me ha mandado sin perder ripio a un especialista? ¿Es que me voy a transformar en hombre-lobo? ¿Me va a crecer un tercer brazo? ¿O me voy a convertir, quizás, en fan de Paulina Rubio? ¡No, por favor, que alguien me lleve a urgencias!

Tras verme resumida en cinco folios, reducida a gobulinas y hematíes, a porcentajes y baremos, sufrí un ataque de pánico escénico y a punto estuve de ponerme roja como un tomate ante el médico que los examinaba. ¿Esa soy yo? ¿Están recogidos en esos folios mis gamberradas de la infancia, mis manías, mi gusto exacerbado por el chocolate negro, el número de besos que he firmado cual artista entusiamada en los labios de Ale? ¿Están ahí mis notas del colegio, mi expediente de la facultad, los viejos calendarios de exámenes? ¿Están ahí los catorce años de compartir habitación con mi hermana, los veintisiete bajo el techo de mis padres, las vacaciones en Menorca?

¡Qué capacidad de síntesis tiene la ciencia!