Muchas personas pueden pensar que el trabajo en una oficina escasea en lo referente a emoción y riesgo. Tienen razón: el único riesgo de sentarse ocho horas ante un ordenador es el de ver para lo que resta de día pequeñas estrellitas flotando en el aire, y, a no ser que quieras presentarte a un concurso de tiro con arco, no presenta mayor problema.

Sin embargo, a menudo nos olvidamos de un detalle: el camino hacia el trabajo. Ir a trabajar en coche es como atravesar la Sabana con la boca manchada de carne con chili. Es como mirarle las amígdalas a un lobo que no come desde Navidad. Es como ensayar besos de mariposa con un cocodrilo. Es sencillamente una locura, un suicidio, una odisea.

Cuando arrancas el coche y te dispones a adentrarte en la autopista, pueden darse dos situaciones diferentes:

1. Que haya atasco, en cuyo caso sabes que tendrás que colocarte tapones en los oídos, no sólo para no vértelas con las pitadas continuas (algunos conductores deben pensar que el pito de sus coches tiene un resorte mágico que hace que desaparezcan todos los demás cuando lo tocas), sino para que no escuchar cómo se acuerdan de la familia de los demás o de la tuya propia. A veces, creo que tanto sofoco puede conducir a un estado de confusión mental. Esta mañana, sin ir más lejos, un señor me ha dado recuerdos para mi madre, pero creo que, por las señas que me ha dado, debe de haberse confundido de madre (la mía es ama de casa y fiel esposa de mi padre). En fin, que más vale que te hagas el sordo, el sueco o el distraído.

2. Que no haya atasco, lo cual, aunque parezca algo positivo, no lo es, porque siempre te toca detrás un señor que tiene muchísima prisa por llegar al trabajo, tanta que pretende romper la barrera del sonido con su Opel Corsa del 92. Lo normal en estas circunstancias es apartarte para dejarle pasar, pero, a veces, los carriles laterales están ocupados y la maniobra se demora unos segundos más.Sin embargo,el hombre-bala sigue acelerando y tú, convencida de que cuando te montaste en el coche ibas sola, descubres, al mirar por el retrovisor, que lo llevas sentado en el asiento de atrás. ¡Qué situación! ¿Qué hacer con esa intimidad recién estrenada? Menos mal que al segundo vistazo observas que el veloci-conductor lleva algo que parece un volante entre sus manos y, que tú sepas, el único volante que tiene tu coche lo llevas tú en ese momento (o al menos, eso esperas). De repente, lo entiendes todo: el coche de atrás se ha pegado tanto que has dejado de ver el morro delantero y, probablemente, su conductor ya es capaz de determinar si eres morena natural o llevas mechas. Aprietas los dientes y rezas para que los carriles laterales se despejen cuanto antes y, cuando al fin consigues culminar la maniobra, sientes que has vuelto a nacer.

Finalmente, llegas a la oficina con esa conciencia de recién nacido que te hace estar un poco lento en las dos primeras horas de la jornada.Y no es de extrañar: delante de tu ordenador, tienes que pasar la infancia, la pubertad y la adolescencia para enterarte de qué leches haces ahí, ¡si deberías estar en el colegio!.

La banda sonora de hoy, como no, es Highway to Hell de AC/DC.