Otra vez de vuelta

¡Buenos días a todos!
31 Enero 2008

¡Buenos días a todos!
29 Diciembre 2007
Últimamente no me prodigo demasiado, pero hoy, a pesar de que tengo los exámenes encima, no lo he podido resistir. Entre las variopintas noticias del telediario de las nueve, después del asesinato de la líder pakistaní y un poco antes de los deportes, se ha informado sobre la manifestación "a favor de la familia" que tendrá lugar mañana en Madrid. Mientras observaba el trámite de las pancartas y los megáfonos que ensayan proclamas, me ha asaltado una duda enorme que me ha dejado mirando al vacío con cara de interrogación: ¿Por qué la gente se manifiesta a favor de algo que no está amenazado ni forma parte de ningún debate social? Haciendo un poco de memoria, he retrocedido algunos años, al momento exacto en que se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo y he recordado que fue entonces cuando comenzaron a celebrarse este tipo de manifestaciones. Una nueva duda ha quebrado la calma que subía desde la estufa hasta el sofá: ¿Los matrimonios de homosexuales suponen una amenaza para las familias?
Automáticamente he recurrido al diccionario de la RAE para cerciorar que mi concepto de familia no era incorrecto y por eso no podía resolver la encrucijada a la que me había llevado el telediario. Esta es la primera acepción del vocablo "familia":
1. f. Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas.
En consecuencia, dos personas (mínimo indispensable para acceder a la categoría de grupo), independientemente de su sexo, que viven juntas y están emparentadas por el vínculo del matrimonio forman una familia. Esto nos lleva a establecer las siguientes equivalencias:
Hombre + mujer = familia
Mujer + mujer = familia
Hombre + hombre = familia
Por tanto, si con la nueva ley un mayor número de personas podrá contraer matrimonio, se formarán más familias. ¿Por qué entonces cierto sector de la sociedad considera este hecho como una amenaza para la familia si precisamente se está fomentando su crecimiento?
Desde que tengo uso de razón he intentado respetar siempre las ideas de los demás, pero ¿qué sucede con las ideas que de partida son irrespetuosas y están fuera de toda lógica? ¿Tienen acaso entidad de ideas? ¿Se circunscriben al ámbito de lo respetable? ¿Y sus abanderados?
Hablando de estos últimos, me viene a la memoria una inestimable imagen de la señora Botella en primera línea de la manifestación, luciendo pétrea cabellera y ostracismo mental a partes iguales, perjudicados ambos posiblemente por los vapores y el ácido corrosivo de la laca para señoras de alta alcurnia. Entre los cabellos domados en arduas y caras sesiones de peluquería, encuentro finalmente la pieza que me faltaba para comprender el asunto: es mucho mejor casar a la niña con el pelota de papá, que, algún día, por ósmosis y con ahínco, llegará a ser su vivo retrato, derrochando tanta prepotencia y soberbia como su modelo, que verla interpretando a diario el mujer contra mujer de Mecano, por muy feliz que pueda llegar a ser.Y así generación tras generación. ¡Ánimo, mujer, que con el tiempo terminaréis consiguiendo que el amor y la familia no sean más que una entelequia, un juego de espejos de los clubes de campo!
26 Noviembre 2007
19 Noviembre 2007
Me encanta ver películas. Sólo con escuchar la musiquilla de Movie Records ya me aletean mariposas en el estómago. Soy una fiel cumplidora del pacto de ficción: tú me cuentas una historia y yo me estoy quietecita y me la creo de principio a fin. O casi, porque si la película comienza más allá de las diez de la noche, me quedo en la f de fin y el resto me lo invento. Por mucho que me interese la película, termino quedándome dormida, por lo que la última media hora la sueño en lugar de verla. Así, en mi versión de King Kong, el gran gorila acude a Corporación Dermoestética para hacer un tratamiento de depilación láser que haga viable su romance con la chica. En Casablanca, el piano de Sam se convierte en el Delorian de Regreso al futuro. Y en Match Point el malvado protagonista muere de un pelotazo en la cabeza.
Anoche, sin ir más lejos, me propuse ver una película en plan tranquilito, pero para que mis ondas cerebrales no disminuyeran hasta quedarme sin sesión de cine, pensé ver una de miedo para mantenerme despierta todo el tiempo. "No puedo ser tan mala persona como para quedarme dormida mientras vidas humanas están amenazadas por una interminable legión de zombies", me dije a mí misma. Y al final mi estrategia dio resultado: ¡leí hasta el último título de crédito!
Más allá de mi experiencia con el mundo de la vigilia, esta película me ha hecho pensar profundamente sobre la figura del zombi. Los zombies son unos tíos cojonudos. Admirables, para más señas. Viven eternamente; les importa un pimiento los imperativos de la moda y demás normas estéticas; y cuando quieren algo, van y lo cogen, sin complicaciones. Por ejemplo, un zombie tiene hambre y no lo insinua sutilmente para que le des de comer si al fin te das por aludido. No. Él, simplemente, se acerca a ti y te muerde un brazo, una pierna o el dedo meñique de un pie, porque, además, no son nada escrupulosos y se conforman con cualquier cosita.
Por otro lado, tienen el don de la ubicuidad. Están por todas partes, no se pierden ningún sarao: vas corriendo por el bosque más frondoso y solitario que existe (ni tú mismo, que estás vivo y tienes todos tus órganos intactos, sabes cómo has llegado hasta allí) y, ¡zas!, del recodo más oscuro y con más moho, sale un zombie famélico que se alegra de verte y hasta te pregunta por la familia (con ganas de verles también). Si, por casualidad, en el último minuto encuentras un helicópero con el que cruzas un hemisferio completo, al bajar, ten por seguro que habrá un colega del anterior esperándote con igual júbilo.
Finalmente, me gustaría destacar su calidad humana, en el sentido de que no son nada rencorosos. Esto se plasma muy bien en los casos de atropellos a zombies. Imagínate que intentas huir de un zombi que te persigue sin descanso, encuentras un camión titánico y, antes de emprender la marcha en sentido contrario, decides atropellar a 200 km/h a ese seguidor incansable de tus pasos... ¡No pasa absolutamente nada! Él continuará siguiéndote hasta que llegues a tu destino, sin rencores y sin malos rollos... ¡Qué tíos!
12 Noviembre 2007
Tengo una estantería en mi habitación que es un museo de la nostalgia. Hace muchísimos años que colmé todos los estantes, y, como están muy ordenados, no suelo trastear en ellos ni cambiar las cosas de sitio. Pero justo ayer, cuando me disponía a buscar unos apuntes de Latín de COU (con vistas a que puedan servirme para la asignatura de Latín I de Filología Hispánica en la que he tenido la desfachatez de matricularme), hurgué en el contenido de cada estante, con la sensación de ser la vecina cotilla de mi propia vida. Allí estaban mi adolescencia y parte de mi niñez en fascículos.
Entre los hallazgos más destacables, encontré una calculadora que debe tener unos treinta años aproximadamente. Pero cuál fue mi sorpresa cuando, de repente, al pulsar el "on", la calculadora se encendió. No me lo podía creer: ¿hay algo que con esa antigüedad funcione aún? (¡Y, por favor, que ninguna señora conteste "¡sí, mi marido"!). Me sentí tentada de abrir la calculadora y desentrañar el potente mecanismo que lleva tres décadas sumando dígitos sin equivocarse. Esa tecnología aplicada a la informática podría elevarme a las cumbres de los más geniales inventores: ordenadores que no se cuelgan, memorias que no se colapsan, placas base que no explotan... Por un momento me vi codeándome con Bill Gates, pero decidí dejar los experimentos para más tarde y prestar atención a una cuartilla garabateada que asomaba por el borde de una carpeta...
¡Pero qué veían mis ojos! Era una lista de posibles novios para una amiga. Para ser candidato de la lista sólo era necesario ser conocido, no hacía falta haber cruzado palabra con ninguno de ellos. Junto a cada nombre, había dos grupos de rayitas que se distribuían en los apartados de "ventajas" y "desventajas", y finalmente una puntuación numérica. ¡Qué claridad mental! Hoy no sería capaz, a simple vista ni tras un siglo de trato directo y mutuo, de determinar los pros y los contras de nadie, pero parece ser que, en aquellos tiempos, no existían para mí los dobles sentidos, las lecturas múltiples ni las personalidades ocultas.
Por supuesto, mi amiga no encontró novio gracias a esa lista. Todavía habrían de pasar algunos años más para superar la edad del pavo y emparejarse de manera más seria. Ahora, sin embargo, está embarazada de su segundo hijo. Y yo sigo haciendo listas, pero de gastos y quehaceres...
18 Octubre 2007
Todos los días cuando vuelvo del trabajo me encuentro con una mujer extraordinariamente parecida a mi madre, tanto que me siento tentada de saludarla o de preguntarle qué ha preparado para el almuerzo. Hay días que incluso le daría un par de besos.
Sin embargo, si analizo cada detalle que conforma su cara, me parecen tan distintos que no dudo en cambiar de acera para dejarle paso sin que tengamos que detenernos la una frente a la otra y compartir por un instante la intimidad de la estrechez de la calle. No hay duda, es una perfecta desconocida. No existe equivalencia simétrica alguna, sus ojos no se rasgan en los extremos como los de mi madre, ni están surcados de pequeñas arruguitas que marcan caminos hacia las sienes, sus manos no son tan pequeñas, y ni siquiera lleva un anillo dorado surcándole el anular como recuerdo de un día lejano. Y sin embargo, se da un aire.
Es como si vientos de dirección desconocida la hubieran impregnado de su olor, de su forma de balancear las manos al caminar,de su halo de fragilidad física y fortaleza de espíritu, de todos aquellos detalles nimios que hacen que mi madre sea mi madre.
Para mi sorpresa,hoy la prefecta desconocida se ha dirigido a mí cuando estaba a punto de cruzar la calle. Quería decirme que me parezco mucho a su hija.
15 Octubre 2007

Hoy es el cumpleaños de mi hermana Laura. Ya lleva treinta y una vendimias recogiendo frutos, y, sobre todo, sembrando mucho.
A lo largo de la vida, se producen grandes encuentros que te marcan para siempre. Alguno de ellos son buscados, pero otros se producen por azar, y piensas entonces que la suerte está a tu favor, que navegas con vientos favorables que te auguran una travesía tranquila y una llegada a puerto feliz. Pero cuando los hados te deparan ese encuentro formidable con alguien tan sumamente cercano que comparte la mayoría de tu carga genética, puedes soltar el timón, izar las velas y dejarte llevar sin más, disfrutando del viaje con los cinco sentidos. En mi caso, los hados me bendijeron con la mejor hermana mayor que se puede tener.
Mi hermana es, sin lugar a dudas, lo más parecido que tengo a mí misma en este mundo. Es fantástico contar con una persona con la que puedes entenderte con una sola mirada. Eso es lo que tengo con mi hermana y me siento muy afortunada por ello.
Tras un primer periodo de típicos celos de hermana mayor que se prolongan hasta la adolescencia, al fin comprendió que, gracias a la adecuada labor de mantenimiento en higiene y alimentación que realizaban nuestros padres, su hermana menor amenazaba con quedarse muchos años en este mundo, así que se resignó y comenzó a aceptarme. Que conste que, mientras tanto, me defendió siempre que me hizo falta porque, a su juicio, si había una persona con autoridad moral para fastidiarme, esa era ella y sólo ella, así que durante años me mantuvo a buen recaudo de vándalos infantiles y vicisitudes varias.
Después, como por arte de magia, se convirtió en una especie de madre suplente cuya tutela se extiende hasta la actualidad. De hecho, es la primera persona en la que pienso cuando tengo un problema, pues es capaz de analizar a la velocidad de la luz los pros y los contras, hallarles la raíz exponencial, calcular todas la combinaciones y permutaciones posibles, elevarlas a pi y darme la solución exacta que necesito en ese momento. Es calculín.
Empática por naturaleza, ríe mis alegrías como nadie y, cuando las cosas se ponen feas, llora mis malos momentos tanto como yo, sin dejar de apoyarme nunca, dejándome sentir su cálida sombra protectora como una manta en el invierno. Por eso se ha convertido en mi puerto seguro, en mi bote salvavidas y hasta en mi curso avanzado de natación de supervivencia. ¡Todo a babor!
¡Muchas felicidades!
3 Octubre 2007
Cuando eres pequeño, pasas por ciertos trámites como la caída de los dientes de leche, los aterrizajes forzosos sobre las palmas de las manos, las heridas recubiertas de mercromina y el calendario de vacunas. Está la vacuna de los tres, la de los seis, la de los doce, y hasta te ponen una de recuerdo cuando ya estás en plena adolescencia (como si fueras a olvidar el resto de los pinchazos si no te la pones). La cuestión es que, cada cierto tiempo, te ibas a casa con el culo calentito.
Recuerdo los días de vacunación como una gran tragedia griega: en el ambulatorio podías encontrar niños llorando por doquier, antes y después de los pinchazos oportunos. Incluso aquel vecino que parecía la versión humana de un madelman lloraba desconsoladamente entre las faldas de su madre. Por eso, la mía me miraba con recelo cuando me veía partir resuelta hacia la consulta del médico, con la cabeza hacia arriba y moviendo la coleta de un lado a otro. Pero el recelo se transformaba en preocupación cuando salía de la consulta con los puños apretados y declaraba orgullosa que no había llorado. Año tras año, se repetía la misma escena, y, año tras año, mi madre torcía el gesto al saberme inmune al llanto colectivo.
Sin embargo, ayer, durante la panendoscopia que me realizaron, tuve esa sensación de invasión que nunca antes había sentido con las jeringuillas de los médicos. Era como si me hubieran abierto en canal sobre la camilla y estuvieran rebuscando entre mi gusto por el chocolate negro, muy negro, y el pan blanco, muy blanco, como si se afanaran en encontrar algo justo al lado del tacto de mi primer abrigo de lana, al fondo del olor de los cuadernos recién estrenados del colegio. Finalmente cogieron muestras de algo, pero aún no sé si fue del sabor de los bizcochos de cumpleaños de mi madre o de la voz al teléfono de mi hermana.
Sólo sé que cuando sacaron el tubo pensé que habían cambiado el orden de todo y sentí que no sabría cómo arreglarlo. Por eso, en la sala de recuperación, aún tumbada en la camilla, volví la cara hacia la pared y comenzaron a surcarme las lágrimas de la vacuna de los tres, lade los seis, lade los doce...
A pesar de mis intentos por disimularlo, al salir a la sala de espera, mi madre clavó las pupilas en mis ojos enrojecidos. Justo en ese momento, un suspiro se escapó de sus labios mientras dibujaban una sonrisa.
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